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Viernes, 23 de junio de 2017
Unamuno
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MIGUEL DE UNAMUNO - HENDAYA

Transcripción del capítulo publicado en la revista ESTAMPA, 11 febrero 1930



Un día con Unamuno  
 

Especialmente enviado por ESTAMPA, nuestro compañero Vicente Sánchez-Ocaña ha ido a Hendaya a visitar al Sr. Unamuno. Aunque ajena, como es natural, a las contiendas políticas, nuestra Revista, que ha procurado hacer desfilar por sus páginas las figuras de todos los grandes españoles, se apresura a aprovechar la primera ocasión en que le es posible hacerlo -lo han intentado varias veces- para incorporar a su galería el retrato de un hombre cuyas opiniones en política pueden no compartirse, pero cuya grandeza moral e intelectual acata todo el mundo civilizado. 

He aquí, ahora, la información de nuestro compañero: 



LOS DE HENDAYA HABLAN DE DON MIGUEL

El hotel Broca, de Hendaya, es un chalet limpio y tranquilo. Una agradable casita vasca. 
En el piso bajo hay un pequeño bar, en el que conversan sosegadamente, mientras beben a sorbitos su aperitivo, algunos buenos señores del pueblo. 

En este bar entré yo, al apearme del tren de España. 

- Monsieur Unamuno? -le pregunté a la señora del mostrador. 

- Don Miguel est sorti. 

- Vers l'Espagne, déjà?
 

- Pas encore! Il se promène... Maintenat
Don Miguel se promène le matin... 

Mi interlocutora me explica que Don Miguel -le llama así, a la española: "Don Miguel" -antes no salía de su cuarto hasta la hora de comer; se estaba allí leyendo y escribiendo; pero en los últimos días se echa a callejear desde muy temprano. 

- Quizá -apunta- es que la alegría de volver a España no le deja estar quieto. ¡Le tiene tanto cariño a su España!... Se vino a vivir aquí, a Hendaya, para ver siquiera la tierra española, ya que no podía entrar en ella... 

Uno de los parroquianos del bar, que está en un rincón, recostado en la pared, con la pipa entre los dientes, se incorpora al escuchar estas palabras de la dueña. 

- ¡Y aun -exclama, dirigiéndose a mí-, aun le querían echar de nuestro pueblo! 

Miguel de Unamuno, el último verano, a la puerta de su casa de Hendaya, con su señora y sus hijos

Como le miro un poco sorprendido por su inesperada intervención, el hombre se levanta y viene hacia nosotros, con su cachimba en la mano. 

Es un gigantón, de ojos azules y patillas rubias, con aire de marino. 

- Señor -me dice, haciéndome una inclinación de cabeza- , nosotros, los franceses, no tenemos por qué mezclarnos en los asuntos de ustedes, los españoles. Nosotros, desde aquí, desde Hendaya, hemos contemplado las luchas interiores de la época de la Dictadura, sin pretender tomar partido, naturalmente; pero el día que hemos sabido que se quería que nuestro pueblo negara asilo a M. Unamuno, que se quería que echáramos de entre nosotros, como si fuera un delincuente, a ese gran español, que es honra no sólo de vuestro país, sino de toda Europa, entonces créame que nos hemos sentido injuriados... ¿Por qué se ha imaginado a nuestro pueblo capaz de una infamia así? ¡Echar a don Miguel de Unamuno! ¡Negarle el consuelo de ver a lo lejos la tierra de su patria! 

El vehemente discurso del hombrachón ha congregado alrededor nuestro a otros parroquianos del bar y a algunos dependientes del hotel. 

- Toda Hendaya -dice alguien-, toda Hendaya, con su Ayuntamiento y su alcalde a la cabeza, se opuso a la expulsión. 

- ¡La habríamos impedido a toda costa! -grita el gigante. 

Un señor viejecito y menudo, de aíre tímido, murmura, a media voz: 

- Por las tardes, yo, desde mi ventana, lo veía pasar a don Miguel, con su garrota y su boina, la cabeza baja, dando zancadas... Luego, de pronto, se paraba en medio del campo frente a la tierra de España... 

El viejecillo se calla, súbitamente intimidado por el silencio que se ha hecho a su alrededor. 

- Se paraba frente a la tierra de España -le pregunta, impaciente, el gigantón-, y, ¿qué hacía? 

- La miraba... La miraba... La miraba... 

Aguardando que don Miguel vuelva, me salgo a la calle y me pongo a pasear por delante del hotel. 

Otra persona está paseando también, con el aire de esperar a alguien. Es un cura. 

Yo lo miro, intrigado. ¿Esperará a don Miguel? 

Pero me dura poco la duda, porque el sacerdote, que es un navarro abierto y campechano, muy simpático, en seguida se me acerca y entabla conversación conmigo. 

Efectivamente, espera a Unamuno, de quien es amigo. Me dice que lo considera un hombre de un entendimiento extraordinario, de gran sabiduría y de una austeridad ejemplar. Y que encuentra justa su actitud política. Pero que le duele su falta de fe.  

Suspira: 

- ¡Qué lástima que un hombre así sea incrédulo! 

Yo, claro está, me quedo estupefacto. 

- ¿Que no tiene fe don Miguel?... ¿Dice usted que no tiene fe?... ¿Que es incrédulo

Unamuno?... 

La aparición de Unamuno mismo corta nuestro diálogo. 

Llega de la calle de la Estación, trepando, rápido, ágil, por una pina calleja. Viene sin abrigo y sin sombrero, con su cayada en la mano, un poco inclinada la frente y bella cabeza blanca. 

- ¡Don Miguel! 

*****

 

"¡ESOS CHICOS!"

Don Miguel, en la cama, donde se pasaba las horas leyendo y escribiendo

Alrededor de una mesita de este modesto comedor de fonda provinciana nos hemos sentado don Miguel, el sacerdote y yo. 

Don Miguel está muy contento. El, siempre locuaz y expansivo, está hoy más locuaz que nunca. Mientras come con excelente apetito; con un apetito de buen vasco, fuerte y sano, habla... habla... 

¡Qué alegría que pueda volver a sonar su voz! 

Habla de todo: de política, de literatura, de su vida en el destierro, de sus proyectos y sus esperanzas... 

- ¿Han visto ustedes esos chicos? ¿Eh? Esos chicos: los estudiantes... ¡Qué ejemplo!... ¡Qué ejemplo! 

Nos mira risueño, satisfecho, con el aire de un buen papá, orgulloso de sus hijos. 

- ¡Siempre puse esperanzas en ellos!... Yo sabía que ellos... 

Calla un instante, absorto en no sé qué remembranzas de estos años de luchas y penas. 

- Allá, en España, nunca se le olvidó, don Miguel. ¿Y aquí? ¿Cómo se han portado con usted las gentes? ¿Cómo lo ha pasado usted en estos casi seis años de destierro? 

- Seis años hará que me sacaron de Salamanca -puntualiza don Miguel- el día 21 de este mes. Me sacaron de Salamanca el 21 de febrero de 1924; justamente el día en que se cumplía medio siglo del comienzo del bombardeo de Bilbao por los carlistas. La segunda bomba que tiraron cayó en la casa de al lado de la mía. Yo estaba en el mirador de mi casa, y la vi caer... Y a los cincuenta años justos de ser bombardeado por los carlistas... 

Calla un instante, abstraído otra vez. 

Luego sigue: 

- Conmigo se han portado muy bien en todas partes. A Fuerteventura y a las buenas gentes de Fuerteventura nunca las olvidaré. Lo primero que haré al pisar la tierra de nuestra patria será enviar un telegrama a aquella querida isla. En Francia me recibieron con los brazos abiertos. En parís todas las personas que traté fueron amables conmigo. Sobre todo Herriot y los socialistas Renaudel y Jouhaux. Y aquí, en Hendaya, no puedo decir lo cariñosos que han estado. Desde el alcalde y los concejales hasta el más humilde vecino, todos, han sido para mí unos amigos leales, cordiales, valientes. 

- Dice usted que va a telegrafiar a Fuerteventura en cuanto pise tierra de España... De modo que va a volver pronto... 

- Sí. En seguida. No tengo fijada aún la fecha, pero pronto, muy pronto... Primero iré a Salamanca, y luego a Madrid... En seguida... 

*****

 

UNA PARTIDA DE MUS

Después de comer hemos estado en el "Gran Café", el café de la plaza de la República, en que don miguel tiene su tertulia y... su partida de mus. Porque el autor de Del sentimiento trágico de la Vida , es, como buen vasco, gran jugador de mus... 

La partida la formaban esta tarde, además de don Miguel, el pintor Juan de Echevarría -que está pasando una temporada en San Sebastián y viene todos los días a ver a Unamuno- y dos comerciantes españoles dos simpáticos guipuzcoanos. 

Durante un rato he estado viéndoles tirarse a la cabeza esas frases incongruentes mediante las que se relacionan los jugadores de mus: 
Don Miguel en el modesto café de Hendaya, en el que tenía su tertulia, con el pintor Juan de Echevarría y nuestro compañero Sánchez-Ocaña. 
- Paso a la chica.

- Ordago a la grande. 

- Una porque no. 

- Pares, sí. 

- Juego, sí. 

Don Miguel pone tanta atención en estos diálogos absurdos, como si estuviera haciendo algo serio. He recordado a el director de El Sol, el admirable "Heliófilo", también encarnizado jugador de mus, que se siente mucho más orgulloso de ganar un envite "a pares", que de su mejor "Charla". 

*****

 

PASEO

Cuando acabaron la partida, don Miguel y yo nos fuimos a dar un paseo. 

Unamuno, como Baroja, que ha corrido a pie media España, y como Valle-Inclán, que una noche, al frente de una tropa de bohemios, se fué andando de Madrid a Toledo, es un andarín formidable. Sano y vigoroso, a pesar de sus sesenta y tantos años, anda kilómetros y kilómetros por estos quebrados caminos vascos; sube, baja, salta tan ligero y tan firme como un mozo. 

Y casi siempre sin abrigo y con la cabeza descubierta. Sólo cuando llueve mucho saca del bolsillo una vieja boina que lleva metida en él y se la pone. Y... sigue caminando tranquilamente bajo el agua. 

- Don Miguel -le dicen-, que se va a poner malo... 

Pero él mueve enérgicamente la cabeza. 

- ¿Malo? ¡No! ¡No! 

Y repite muchas veces : "¡No!", "¡No!", "¡No!", con tono indignado, como si eso de suponerle a él capaz de dejarse dominar por la Enfermedad fuera una ofensa. 

Durante largo rato, mientras marchábamos, don Miguel me ha ido hablando de política. Naturalmente, la política es, y más en estos momentos, su preocupación fundamental. 

De cuando en cuando interrumpía su discurso, se paraba en medio del camino, y descargando un fuerte golpe en el suelo con su garrote, exclamaba: 

-"¡Borrón y cuenta nueva", no! ¡No! ¡No! 

Era su estribillo, a todo lo largo de la charla: 

- ¡No! ¡No! "¡Borrón y cuenta nueva", no! ¡No! ¡No! 

Claro está que no debo repetir lo que él decía. En primer lugar, no tengo su permiso, y en segundo lugar, ESTAMPA no es un sitio adecuado para polémicas políticas. 
 

*****

 

 EL TRABAJO DE SEIS AÑOS

De literatura también hemos hablado mucho. 

- ¿Ha trabajado usted bastante en estos años de expatriación? 

- Sí. Bastante. 

- En los periódicos, no. 

- En los periódicos españoles, no. No he querido someterme a la censura. Yo no he escrito ni escribiré en los periódicos de España mientras no pueda hacerlo con libertad... Pero en periódicos extranjeros sí que he publicado... En periódicos franceses, alemanes, suizos, americanos... 

- ¿Y además de artículos en los periódicos, qué ha hecho usted?Unamuno 

- Algunos libros: De Fuerteventura a París, un libro de versos... Romancero del destierro, otro libro de versos... Cómo se hace una novela, especie de memorias íntimas de mi vida en París, que se publicaron primero en el Mercure y que después he recogido en un volumen... La agonía del Cristianismo, ensayos, que apareció en francés y está traducido al inglés y al alemán, pero al castellano todavía no... Además he escrito tres obras teatrales: El otro, que la tiene la compañía de Rivelles; Tulio Moltalbán y Julio Macedo, que la lleva esa compañía que ha formado Cipriano Rivas Cherif, y El hermano Juan, que no se lo he dado a nadie aún... También tengo escritas y sin publicar infinidad de poesías. Voy a reunir algunas en un tomo, que titularé Cancionero... 

-Ultimamente -sigue- casi no he hecho más que teatro y versos... He hecho muchos, muchos versos... ¡Muchos!
 
Y me recita algunos : interpretaciones líricas de lugares y de paisajes castellanos, como  El Escorial, Fontiveros, Toledo, Avila, El Duero, Salamanca... , retratos de grandes castellanos: Cervantes, San Juan de la Cruz, Quevedo... 

Yo le escucho, sin acertar a decir nada, ganado por una honda emoción. ¡Cómo siente este gran vasco nuestra tierra y nuestras gentes de Castilla!... Y ¡qué angustia da imaginárselo hundido en un rincón de un café de Montparnasse, o encerrado en el cuartito de esta fonda de Hendaya, solo, pobre, perseguido, injuriado, volviéndose patéticamente hacia nuestro país, hablando en voz baja, a hurto de los cuadrilleros que le vigilan, con Santa Teresa y con Cervantes! 

¡Perdónenos usted, don Miguel!... ¡Perdónenos usted!... 

Vicente SANCHEZ-OCAÑA 

(Fotos Photito, Marín y Guerequiz.)

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